Así se ocultó el déficit de 2011, ahora en el 8,9%

S. McCoy 21/05/2012  06:00h

Llevaba tiempo queriendo recoger en Valor Añadido un más que interesante post publicado a finales del mes de abril por Manuel Llamas en Libremercado. La excusa me la ha dado el incremento en cuatro décimas del dato de déficit, hasta el 8,9%, anunciado por el Gobierno el viernes tras el Consejo de Política Fiscal y Financiera del día anterior. “Así ocultó Salgado el déficit público de 2011” se centra en la anterior revisión. Busca desvelar cómo se ocultó un desfase del 2,5% del PIB español, 27.000 millones de euros, en las cuentas de las distintas administraciones. Un hecho cuyo descubrimiento provocó que el desequilibrio se disparara del 6% anticipado por los socialistas al 8,5% dado por válido hasta ahora.

De forma gráfica, y a través de la comparativa entre los datos oficiales y los sucesivamente anunciados por los distintos ejecutivos, el autor nos explica que el origen del problema se remonta a 2009 cuando errores en la estimación de los ingresos fiscales de ese ejercicio provocaron que el Estado adelantara a regiones y ayuntamientos mucho más dinero del que finalmente les correspondía. Tales adelantos debían ser devueltos en 2011 pero, ante la crítica situación de comunidades y entes locales, el pago se difirió primero cinco años y luego diez. Sin embargo, contabilidad obliga, había que reconocer en balance el derecho de cobro y la obligación de pago. Mientras que el primero entró correctamente en el activo de la Administración Central, alguien se ‘olvidó’ de computarlo en el pasivo de los deudores.Negligencia, divino tesoro.

La inclusión de esta partida a cierre de 2011 es la que justifica el importante salto porcentual que alarmó al mundo. En palabras del autor: “si a las liquidaciones negativas no contabilizadas correctamente por Salgado (2,1% del PIB) se le suma el empeoramiento del déficit en el cuarto trimestre, se entiende esa desviación de 2,5 puntos porcentuales existente entre el déficit previsto por Salgado para 2011 (6% del PIB) y el déficit oficial remitido por Montoro a Bruselas (8,5%)”. Pues sí, señoras y señores, en esas manos hemos estado. Uno empieza a sospechar en razón de qué Elena Salgado aterriza en determinados consejos, si para asesorar en el ámbito que fija la ley o para ayudar a soslayarla vista su experiencia.

No están, sin embargo, los del otro lado de la bancada parlamentaria, exentos de culpa. El diletante retraso de muchos prebostes autonómicos populares a la hora de mostrar la verdadera situación de las finanzas de los lugares en los que gobiernan está haciendo un flaco daño a la credibilidad de España tal y como nos encargamos de recordar ayer en nuestro inusual post dominical. El enemigo en casa, interés particular sobre el general. Solo cuando se ven entre la espada y la pared sacan los muertos del armario. Hay que reconocer que apestan, especialmente cuando se tiene en cuenta que no ha habido cambio de signo político en las zonas geográficas incumplidoras. Desfachatez al canto.

Pesa el colapso de la recaudación tributaria, caso de Madrid. Algo que por cierto ya fue adelantado en prensa por su Consejero de Hacienda pero que no había encontrado aún reflejo en los datos integrados, entre otras cosas porque la desviación ha sido finalmente del doble de lo inicialmente esperado. Eso sí que es tener buen ojo. Pero nada, oye, ahí siguen tan pichis. Peor aún es el hecho de que Valencia o Castilla y León modifiquen al alza sus respectivos agujeros por el afloramiento de facturas que ha provocado el Plan de Pago a Proveedores. No había ya escapatoria y no ha quedado más remedio. Estoy esperando ver en los titulares los ceses fulminantes de los responsables. Me da que lo tendré que hacer sentado.

No está de más recordarlo: por encima de todo, la crisis que está viviendo el país es moral. Esta brilla por su ausencia entre los que gobiernan nuestro destino, más interesados en mantener intacta esa partitocracia que justifica sus ingresos que en perseguir el bien general. Nación de políticos escapistas que no estadistas que cortan la cinta de las inauguraciones y se esconden tras simples comunicados en las decepciones. Así nos va. Porque, ¿saben qué?, es su voto y el mío el que les sostiene. En la medida en que ratificamos en las urnas tal comportamiento quedamos deslegitimados, al menos parcialmente, para censurarlo. Y nos convertimos en cómplices indirectos de sus desmanes.